60 mujeres dejan la prostitución para ser auxiliares judiciales, en Nicaragua.

'Cony', como se conoce a Concepción de María Jarquín, de 46 años, fumando mientras espera clientes en Matagalpa, el 27 de marzo de 2015. Como ella, otras trabajadoras sexuales aprenden en el Supremo nicaragüense para ser auxiliares judiciales

Cony pasa el tiempo en bares exhibiendo piernas y pechos con ropa ajustada. Pero ese día, enfundada en un vestido estampado de corte hasta la rodilla, fue a su primera clase de leyes, entre 60 trabajadoras sexuales que serán auxiliares judiciales en Nicaragua. “Ver a un desconocido encima de uno es horrible, no es un trabajo digno, es asqueroso, pero de ahí comen nuestros hijos”, dice Concepción Jarquín a AFP en una casucha de la norteña ciudad de Matagalpa. En su choza no se pueden dar más de dos pasos. La levantó con unos trozos de madera y plásticos negros como paredes y techo, en una parcela que la alcaldía le dio hace ocho años en el barrio Sor María, en las montañas de Matagalpa. ‘Cony’, como se conoce a Concepción de María Jarquín, de 46 años, fumando mientras espera clientes en Matagalpa, el 27 de marzo de 2015. Como ella, otras trabajadoras sexuales aprenden en el Supremo nicaragüense para ser auxiliares judiciales (AFP | Inti Ocon)

Arteatro Mex/ Perú                   Internacionales

Martes 7 de abril de 2015

Managua, Nicaragua.-Esta mujer risueña de 46 años a quien todos llaman Cony, de tez blanca y facciones finas, cuenta que para alimentar a sus dos hijos y, ahora también, ayudar a que coman sus nietos, se ha acostado con muchos. “Campesinos, oficinistas, licenciados, pastores, sacerdotes y políticos…”, enumera con naturalidad.

A los seis años fue violada por un vecino, dejó la escuela y huyó de su casa cargando a cuestas el desprecio de su madre; trabajó en tiendas y hoteles donde la acosaban sexualmente y terminó en bares de Matagalpa, Managua y otras ciudades del país. Aprendió a sobrevivir en un ambiente hostil y eso -piensa- le servirá para ayudar a otros a defenderse. Con la Asociación de Mujeres Trabajadoras Sexuales ‘Girasoles’ -legalizada en 2012 para gestionar atención médica y capacitación con apoyo estatal-, Cony participa en los cursos gratuitos que imparte la Corte Suprema de Justicia.

– Clases de derecho –

La trabajadora sexual Concepción de María Jarquín, de 46 años, preparándose para trabajar en Matagalpa, a 125 kilómetros de Managua, el 27 de marzo de 2015

 

Para llegar al barrio de Cony se camina cuesta arriba bajo un despiadado sol sobre pedregosas calles de tierra que cuando llueve se cubren de lodo. Una mañana de éstas bajó, tomó un autobús y recorrió los 170 kilómetros para recibir en Managua sus primeras clases.

En un salón de la Corte, vestida modesta pero en sus ropas más elegantes, se juramentó como facilitadora judicial para asesorar a víctimas de atropellos y ayudar a resolver conflictos menores en su barrio. En el taller bimensual, Cony y otras trabajadoras sexuales aprenden algo de derechos, normas del Código de Familia y de las leyes contra la trata de personas y la violencia de género.

Los facilitadores judiciales, que suman 4.300 en el país centroamericano, son ciudadanos capacitados y acreditados por el poder judicial para alcanzar arreglos amistosos sobre delitos menores, en el marco de un programa de voluntariado surgido hace 17 años con asistencia técnica de la OEA. Ahora, gracias a la gestión de ‘Girasoles’, es la primera vez que se integran a este proyecto también las trabajadoras sexuales, que suman 14.000 en Nicaragua, la mayoría sin atención médica, maltratadas por los clientes, violadas o agredidas por delincuentes o discriminadas por la policía. Si bien no reciben remuneración, la experiencia les servirá para ayudar a resolver los problemas que ellas enfrentan en la calle y bares, así como a socorrer a las personas de su comunidad.

– Dios y justicia –

La nicaragüense Concepción de María Jarquín bañándose en su casa en el barrio Sor María de Matagalpa, desde donde va a Managua, la capital, para aprender el oficio voluntario de auxiliar judicial

La nicaragüense Concepción de María Jarquín bañándose en su casa en el barrio Sor María de Matagalpa, desde donde va a Managua, la capital, para aprender el oficio voluntario de auxiliar judicial (AFP | Inti Ocon)

 

En su barrio abundan los problemas en las familias y entre los vecinos. La mayoría vive hacinada, en chozas de plástico o revestidas con láminas de zinc. Tampoco tienen agua.

Un camión pasa cada dos días vendiendo agua a un dólar el barril para que la gente pueda cocinar, asearse y lavar la ropa. Algunos osados bajan a buscarla hasta un riachuelo cercano, con machetes y botas de hule por temor a ser picados por culebras.

“A veces en la casa no tenemos ni para comprar el balde de agua”, dice Cony. “Aquí solo tengo mis cuatro trapos y el camastro (cama)”, dice al mostrar su choza, en una de cuyas paredes cuelga un letrero que reza: “Jehová sama (Dios está aquí)”.

Acostumbrada a no dejarse vencer por la pesadumbre, de pronto se anima, se maquilla y baja a una cantina de la ciudad.

Suena a todo volumen una canción mexicana, pero consigue entablar una conversación con la dueña del bar, entre las miradas maliciosas de un grupo de hombres que apuran sus botellas de cerveza.

 

Fuente y fotos: Agencia AFP

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